La utilidad del crowdfunding en la era del prosumer

El crowdfunding, al que ya dedicamos un post en febrero, es principalmente una forma de conseguir financiación para poder llevar a cabo proyectos artísticos, culturales, científicos y de cooperación; y también, aunque esta modalidad aún no ha llegado a España, para financiar proyectos empresariales.

Pero no es sólo eso, y como todos los procesos de crowdsourcing -otro día nos dedicaremos a esta palabra- e inteligencia colectiva, que involucran activamente a muchas personas, podemos obtener más resultados que la financiación.

Estamos convencidos de que se va a utilizar cada vez más como estudio de mercado y como acción de comunicación para ir consiguiendo una base de seguidores para un proyecto o producto. Las aplicaciones más inmediatas son las que tienen que ver con el ocio y con productos con los que su público se siente emocionalmente vinculado: películas y series, gadgets para productos Apple, grupos musicales, moda, etc.

Hay tres funciones, muy relacionadas entre sí, que el crowdfunding puede cumplir, además de recaudar dinero:

  • conocer si hay interés por lo que ofrecemos
  • permitir que los usuarios se involucren en el proceso de diseño o creación
  • ir creando un grupo inicial de incondicionales que nos puede ayudar mucho a la difusión de nuestro trabajo

¿Por qué no evaluar el interés que despierta una película antes de producirla? ¿Y por qué no dejar que los futuros fans de una serie opinen sobre el guión, los personajes o el episodio piloto? O si hemos diseñado una nueva línea de ropa o de complementos para un público muy concreto ¿por qué no conocer su opinión antes de decidirnos a fabricarla? No sólo podríamos obtener un anticipo que nos permita poner la producción en marcha, también podríamos conocer la opinión de aquellos para quienes hemos creado la ropa y, por qué no, adoptar algunas de sus sugerencias. Y es fácil de entender que la gente se involucre más si su opinión puede ayudar a transformar un producto que aún no está en la calle, y al que se sentirá vinculada, que a responder encuestas de satisfacción.

Lo que está cambiando es que para bastantes productos dirigidos a un público activo en Internet, esta es ya una opción real y de bajo coste. Para muchos productos no son necesarios focus groups, prospecciones, etc. ,sino que la tecnología y los nuevos hábitos colaborativos y participativos que han ido fraguándose en Internet en los últimos años permiten hacerlo de una forma más barata, creativa y divertida.

O en una clave más de guerrilla: si con un piloto casero de una serie de televisión logramos algo de dinero y una buena repercusión, es probable que consigamos acceso a fuentes de financiación tradicionales para llevar a cabo la serie. Al fin y al cabo ya no estaremos presentando sólo una idea, también aportaremos una primera validación de la idea por parte del público potencial, un público inicial y algunos recursos propios.

Este uso del crowdfunding supone profundizar en el concepto de prosumidor. La palabra prosumidor prosumer, acuñada por Alvin Toffler, es horrible pero el concepto es muy útil. La idea es anterior a Toffler y se remonta a 1972, cuando Marshall McLuhan y Barrington Nevitt sugirieron que con la tecnología electrónica el consumidor podría llegar también productor. Marshall McLuhan, al que se está dedicando una conferencia internacional estos días en en Barcelona, fue un visionario del mundo digital en que vivimos.

Al facilitar el contacto con el público al que se dirigen nuestros proyectos -cine, revistas, aplicaciones para web o ipad, etc.- o nuestros productos -moda, material deportivo, gadgets, etc.-, y fomentar formas colaborativas de relación entre productores y consumidores, esta nueva forma de concebir y desarrollar los productos y los proyectos culturales está al alcance de muchos más proyectos y empresas, y no sólo de las que cuentan con enormes presupuestos para la fase de I+D.

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